Encontramos nuestras respectivas habitaciones, al abrir la habitación la cosa no parecía tan mala como la pintaban, todo estaba limpio y la cama daba la impresión de ser cómoda, había una ventana la cual cerré nada mas llegar ya que estaba amaneciendo. A Liath tampoco le desagrado la habitación, siempre acostumbrada a dormir al descubierto, sobre la hierba o en lo alto de un árbol.
Liath sonrió y seguidamente cerró la puerta, era evidente que aun estaba molesta por lo del lago, las mujeres siempre son caprichosas, ya puedan ser humanas, vampiresas o incluso del reino de los infiernos, nunca perdonan a un hombre que rechaza sus encantos.
Dejé mi espada apoyada en la cabecera de la cama, no hay que descuidarse, nunca se sabía cuando alguna desdichada criatura intentaría asaltarme para intentar robarme o simplemente asesinarme por ser un vampiro, en este mundo cada día en que abres los ojos es un regalo o tal vez un castigo. Me desplome sobre la cama y quede profundamente dormido, esta vez no soñé con nada pero me despertó un susurro que pronunciaba mi nombre, empuñé mi espada pero en la habitación no había nadie, todo estaba en calma, la noche ya casi había caído y decidí despertar a Liath. Para mi sorpresa en la puerta por el lado de fuera había una carta clavada con un puñal, el puñal tenia grabado un emblema demasiado familiar para mi, el escudo de la familia de vampiros rival de mi antiguo linaje, los Metzger.
Los Metzger era la familia que trataba de destronar a mi linaje del trono, cuando aun existía el reino de los vampiros, pero fueron exterminados por mi linaje, incluso yo asesine a muchos de sus miembros. Eran un clan muy agresivo, no eran capaces de dominar su sed y incapaces de mantener un equilibrio, por lo que con ellos en el trono la raza humana hubiera sido exterminada y al final tendrían que haber recurrido a devorarse entre ellos mismos.
Arranque el puñal de la puerta y abrí la carta, en ella un mensaje muy claro escrito en el idioma de los vampiros, “Hijo pródigo de la perdición, a llegado tu hora, tu sangre sera el bautismo para los de mi linaje. Ven a nosotros en la catedral si quieres que viva la dama que te acompaña”. Al terminar de leer la carta eché a bajo la puerta de la habitación de Liath que estaba vacía, lo único que quedaron fue su espada. La ira me albergó por completo y mi único sentimiento era la venganza, ganas de destrozar a mis enemigos, beber su sangre de sus entrañas y utilizar sus cráneos vacíos como copas de lujo en una noche en que ríos de sangre descenderán desde la catedral.
Cogí la espada de Liath y me encaminé hacia la catedral, cada paso mis ansias crecían. Pronto desaparecería la rama de la familia de los Metzger.
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2 comentarios:
!vaya que historia tan interesante estas creando , espero ver mas pronto.
oola llevo mucho tiempo leyendo tu historia no m canso podrias escribir ya que es una historia que te engacha espero que escribas pronto .
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