Las tinieblas engullieron la noche como si se percataran de que algo trágico iba a suceder. Me dirigí hacia el refugio del bastardo de Metzger, de camino hacia allí encontré a un soldado y no dejé de aprovechar la ocasión para informarme del lugar. Me moví entre las sombras hasta que estuve a su espalda y le asalté. Era un soldado joven que provablemente acaba de alistarse en el ejercito con esperanzas de hacerse un hombre o de llegar a ser alguien importante, ya que en aquel momento temblaba de pies a cabeza y suplicaba por su vida entre lágrimas. Le susurré al oído que solo quería información y que si colaboraba le perdonaría la vida, sin más demora le pregunté por el castillo de Goirt, el joven se volvió pálido y su sudor frío resbalaba por su piel, con débiles palabras y entrecortadas me relató lo que sucedía en aquel castillo maldito, según los habitantes del pueblo que no se atrevían a acercarse al lugar algunas noches de luna llena se podía oír un lamento como si de una bestia se tratase, durante muchas décadas resonaba por todo el acantilado que bordeaba el castillo y cuentan que tiempo atrás desaparecieron chicas jóvenes del pueblo, al principio las que se adentraron en el bosque pero poco después desaparecieron las que se encontraban en sus moradas. Un grupo de hombres se adentraron en el bosque para dirigirse hacia el castillo, durante tres días no volvieron pero cuando llegaron la pueblo dijeron que no había nada, el castillo estaba en ruinas y deshabitado, pero ni rastro de las jóvenes. De los hombres que fueron al castillo, dos se volvieron locos al creer que oían voces y los restantes dejaron sus oficios y formaron una especie de secta, pero nunca nadie se interpuso en sus caminos o pregunto nada de sus creencias.
Tras aquel relato el joven se quedó en silencio, mientras yo reflexionaba y encajaba las piezas de aquel enigma. Le susurré al joven soldado que le dejaría libre pero con dos condiciones, la primera que no debía decirle a nadie lo que le había sucedido aquella noche, y la segunda(*), que dejara el ejercito, la guerra no debía ser el motivo de su vida, si solo traes muerte al mundo desperdiciarás tu vida y la de aquellos a los que aprecias. Él asintió y lo solté, se volvió ante mí, cogió su espada y la tiró al suelo, después salió corriendo. Después de muchos años descubrí que acabó siendo un famoso filosofo pero esto era otra historia y la noche aunque oscura y fría no se detendría por mi causa.
Recorrí el camino pedregoso y angosto hacia el castillo de Goirt, el bosque parecía morir cuanto mas cerca estaba del castillo, si los arboles del principio eran hermosos, grandes y llenos de hojas los que se encontraban cerca del castillo estaban secos, deformados y retorcidos sin más vida que el viento que movía sus ramas blanquecinas y secas. Después de largo rato pude divisar el castillo, junto a aquel acantilado sin fin y oscuro, y al fondo un cinturón de montañas altas, envueltas en nubes negras que solo dejaban ver un horizonte morado con sus relámpagos. Me acerqué al castillo con sigilo, miŕe sus alrededores, una tenue luz en una ventaba enrejada me llamó la atención, allí estaba Liath, encadenada pero acompañada por un hombre, bien vestido que no pude diferenciar.
La única manera de entrar que pude averiguar fue por la zona alta del castillo, desde allí pude acceder al interior. Pasillos y pasillos se descubrían ante mi y la tenue luz de la luna que entraba por las ventanas les daba una ambiente siniestro, el aire estaba cargado, el polvo y las telarañas me rodeaban, siglos de abandono hicieron que las entrañas del castillo se marchitaran. Al final encontré unas escaleras que me conducirían hasta el salón principal, donde para mi sorpresa se encontraba mi enemigo Metzger, sentado en una especie de trono, en la más absoluta oscuridad solo iluminada por su sonrisa y su mirada fija y burlona dirigida hacia mi, su aplauso fue lo único que rompió el silencio y una risa desencajada y llena de locura resonó en la noche.
(*)Nota del autor: dice una frase, que el hombre no empieza a valorar la vida hasta que no es consciente de una verdadera muerte.
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